Un domingo de esperanza, que renueva mi corazón destrozado por mis propios sentimientos. Ya no quiero tener esa cavidad; soledad que me acompaña y no lastima. Hace semanas quería cambiar todo por compañía, ahora no puedo soportar la cercanía y sólo quiero descansar alejada y moribunda.
Marcaste un olvido, una resignación y una muerte, mi corazón en mil pedazos de vidrios amarillos y rojo. Ya no puedo pensar en tu rostro, muerto y enterrado en medio de panales con miel negra como mi cuerpo. Ahora estoy sucia, moribunda y pienso en la muerte de mis pies. ¿Cómo pude pensar que tú serias el elemento que faltaba en mí? ¿Cómo mi corazón te dedico canciones y poemas?
Y; ahora que pisaste mi ser, en nuestro santuario, sólo queda levantarme a cuestas y caminar entre sombras hasta la luz lejana y fría de mi corazón. Tú ayudaste a mi frialdad y soledad, nadie se merece la compañía negra y triste que me rodea.
Gracias por matar la poca vida que quedaba, ahora ya no tengo que fingir vivir y ser feliz. Gracias.
Seducida en la noche junto a copas de vino tinto, distracción a la luz de las estrellas y, permiso para una noche de tres.
Juegos de persuasión fríos y picaros.
Secreto helado y distante que acompañan a la mañana de olvido y resignación. No hay arrepentimiento ni congoja, no hay palabras ni despedidas. Sólo una puerta de hierro pesada y parca.
Mugre en casa con un cerdo. Amor sucio y lejano. Amantes de una noche, placer cautivo en mi.
Putita feliz y sucia. Como un reflejo que acapara. Corazón sudoroso. Amante perfecta y cuerpo que olvida la noche.
“Tienes que hacerlo ya” Complot del corazón, entrega fallida de un regalo. Perseverancia del ser; amor propio e ingrato. Inspiración mentirosa de un rostro anciano.
Y.
Noches de placer egoísta. Retrato mío y de él. Nadie lo merece y menos él. Ya nadie importa, sólo, el mí.
Sabor agrio en mi boca, hoy probé cosas no deseadas por ser prisionera de mis caprichos. Mi cuerpo rechaza la vida y la escupe poco a poco por las esquinas. Muerte a mi estomago. Muerte a mi.
Algo impulsó mis dedos, se manejaron con mente propia y tocaron las teclas correctas: "Qué almorzaste hoy" la pregunta fue graciosa, con el único fin de cuestionar algo que nadie se cuestiona.
La espera fue un día y medio, casi dos. Camine sobre escarchas blancas y use trapos de princesa, mi maquillaje fue provocador y mis labios rojo carmín. Para cuando las mariposas se apoyaron sobre mi esófago yo llegaba a mi destino en la jungla de cemento.
Él propuso viajar al mar, teníamos que pescar la cena para poder jugar con los granos de la arena. Pero en medio del viaje tuve que frenarme y mirarlo a los ojos; los vi tantas veces pero de forma efímera, y en ese momento parecía la primera vez. Mientras me distraía con sus ojos negros y profundos mis trapos de princesa desaparecieron, no supe como reaccionar, al principio las mariposas se alborotaron más de lo normal, y poco a poco calmaron su vuelo y bebieron el néctar de las abejas porteñas. Delicioso y exquisito néctar, suave y dulce.
---
Las mariposas no quisieron mas néctar y me sorprendieron en medio de la noche, se rebelaron pidiendo salir, ya no querían mi cuerpo como santuario. Por unos minutos no fui yo, lo deje a él y morí una y otra vez. Muerte a mis mariposas con néctar celestial. Luche duramente toda la noche, quería revivir y estar con él. Tiernamente me acaricio la cabeza y con un beso en la frente me recomendaba una respiración pausada y rítmica. Yo trate de escuchar pero la muerte de mi cuerpo fue más fuerte. Como una montaña rusa, una gigante con muchas curvas y picos: sube - baja, mal - bien, arriba - abajo, adelante - atrás. No importo, subí y baje cuantas veces quise, salté, jugué y él sólo me miro.
SHHHHHHHH, nadie puede saber nuestro secreto. Un secreto único e inesperado, uno de esos secretos que si los cuéntas las mariposas mueren y no regresan más. Algo prohibido, lindo y excitante.
¿Cómo no puedo contar este secreto que quiero que no sea secreto? ¿Cómo resistirme a la tentación?
Si quiero beber mas néctar, tengo que guardar silencio. Todos preguntan cuál es mi secreto y yo contesto con un lindo: shhhhhhhhhhhhhhh.
Te miro miles de veces y no veo, sacudí mi sien pensando. Pero tú, hombre de la caja sólo lastimas mis vibras plateadas. Ayer te dije que quería ver tus ojos, no entendiste y tocaste mis manos por debajo de la mesa. OH, hombre de la caja, que me asustas con tus grandes manos. Visión sublime de un sueño dorado que espera por vos. Y cuando las fantasías me inundan mis labios se humedecen de fervor. OH, hombre de la caja, tan inexperto e interesante resultaste ser. Ahora no puedo distinguir entre cinco años o cinco días.
Él llego temprano y yo veinte minutos tarde, le salude con un efímero beso en la mejilla izquierda y casi no voltio para verme, deje el abrigo y me senté con manos temblorosa y sin titubear dije: ¿nos vamos? me acento con la cabeza, tomo su abrigo y me siguió. Ya en la calle me ofreció el brazo cómo un cortés caballero templario. Lo miré y sonreí amablemente, mi primera pregunta fue: ¿cómo estas? Después de una larga pausa dijo en voz pasiva y neutra “estable”. Estable, pensé. Y. No supe que contestar, yo esperaba un insípido “bien”, ese bien clásico y rápido que todos usamos para zafar.
Fueron cuatro cuadras desde Sucre hasta Menzoda, donde él hablo sobre su comportamiento hacia mí. Yo en muchos momentos quise interrumpirlo y decirle que nada importaba que solo quisiera besarlo y abrazarlo hasta no poder más, pero mi cobardía no me dejo.
---
Su excusa fue él miedo, él miedo a ser amado, él miedo a lo estable, él miedo a lo desconocido, él miedo a una mujer que da sin recibir nada a cambio. Y fue lo que más influencio, la entrega desinteresada de cariño. Ese “dar nada sin recibir nada”, ese enamoramiento egoísta hacia las acciones propias, él placer del otro, da placer; él goce del otro, da goce y la felicidad producida en otro da más felicidad. Para cuando mi voz comenzó a quebrarse y mis piernas a temblar más de lo normal, ya estábamos entre Sucre y Pampa. No pude caminar más, tuve que detenerme y mirar sus ojos. Quería ver su cara cuando me dijera que ya no me ama más.
Y lo dijo. No pudo traicionar sus sentimientos, no pudo besarme sin quererme. Y, yo. Trate de contener ese nudo insoportable en mi garganta, mis ojos trataban de no humedecerse para no parecer entupidos, pero fue imposible. Me sentí como una nena de quince años, llorando por un imposible.